Historia de Tenerife

Tenerife es conocida internacionalmente como la "Isla de la Eterna Primavera". Su situación geográfica, en una franja imaginaria que rodea el planeta y en la que están ubicados algunos de los puntos turísticos más privilegiados del mundo, hace que esta especie de eslogan no se aleje de la realidad constatable....

Archipiélago Canario es el de mayor riqueza florística de la Región Macaronésica. Es, además, la cuarta región natural del mundo en cuanto a endemismos florísticos, con 1700 plantas superiores catalogadas, de las que unos 20 géneros y más de 500 especies son endémicas....

Listado de direcciones y teléfonos, de los Consulados y Embajadas de los distintos países con sede en la islas de Tenerife y Gran Canaria....

Listado de direcciones y teléfonos, de los Servicios publicos en la islas de Tenerife y Gran Canaria....

La participación del sector agrario en el PIB no llega al 10 %, si bien su contribución a la isla es muy importante por cuanto genera beneficios difícilmente calculables, que se relacionan con el sostenimiento del paisaje rural y el mantenimiento de valores culturales del tinerfeño.

Sin haber entrado aún en la Historia, las Islas Canarias están presentes en la leyenda como aquellas tierras míticas que se encontraban más allá de Las Columnas de Hércules, del estrecho de Gibraltar, camino del Mar Tenebroso.
Aquí situaron muchos autores clásicos el Paraíso, los Campos Eliseos o el Jardín de las Hespérides, aunque uno de los primeros testimonios fiables sobre las Islas se lo debemos a Plinio, que en el siglo I, nos habla de una expedición enviada por el mauritano rey Juba, de la que le llevaron como recuerdo de la aventura, unos enormes perros de los que se deriva el nombre del archipiélago: Canarias, de can o canes. Hay, todavía, soberbios ejemplares de una raza autóctona de perros de presa isleños, de fiero e impresionante aspecto, llamados verdinos (o bardinos, según las islas).
No es de extrañar que, en las primeras narraciones legendarias o históricas sobre Canarias, se hiciera casi siempre mención a Tenerife, a la que se denominó también Nivaria, puesto que, en estas latitudes, la estampa de una enorme montaña nevada, visible desde muchos kilómetros a la redonda, emergente por encima de las más elevadas nubes, debía impresionar vivamente a aquellos antiguos navegantes.

Hasta su conquista por los europeos, que se prolongó a lo largo de casi todo el siglo XV, las Islas estaban habitadas por una población, posiblemente de origen norteafricano, sumida en el paleolítico, aunque con ciertos atisbos de una cultura ligeramente superior en lo que se refiere al aspecto religioso y artesanal.
Los guanches -moradores prehispánicos de Tenerife- vestían toscamente con pieles y todo apunta a que ignoraban el arte de la navegación. Sin embargo, enterraban cuidadosamente a sus muertos, momificándolos, con técnicas muy eficaces, en algunos casos, y tenían un gusto especial por los adornos. Trabajaban el barro -aunque desconocían el torno- y sus lanzas (añepas) acababan en afiladas puntas naturales de piedra volcánica.
Muchos autores antiguos -y aún algunos modernos- opinaban que las islas Canarias serían los restos visibles y más elevados de un continente hundido: La Atlántida. Y los guanches serían los descendientes de los atlantes. Los hijos y nietos de los habitantes de las montañas de aquel lengendario mundo, quienes, de pronto, tras la hecatombe, se habrían visto transformados en isleños a su pesar. L a incapacidad marinera de estos pueblos y su falta de comunicación entre islas que, sin embargo, se divisan entre sí a simple vista, además de la enorme estatura de algunos guanches -si hemos de dar crédito a ciertos testimonios, los gigantes menudeaban en las islas-, hacían atractivas estas hipótesis escasamente científicas.

Cuando los conquistadores españoles llegaron a Tenerife, la isla estaba dividida en nueve pequeños reinos o menceyatos; cada uno al mando de un monarca o mencey, a quien asesoraba una asamblea de ancianos.
La conquista del archipiélago se había iniciado formalmente en 1402, con las incursiones de Jean de Bethencourt y Gadifier de la Salle, en nombre de Enrique III, en las islas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, tierras que anexionaron con cierta facilidad a Castilla. Fernán Peraza hizo lo propio con La Gomera.
Tenerife es la última isla que se conquista, ya para los Reyes Católicos. La lucha es, aquí, sangrienta y los españoles, mandados por el adelantado Alonso Fernández de Lugo sufren alguna que otra derrota espectacular, como la de La Matanza en 1494. Un año después, Fernández de Lugo regresa con un nuevo ejército y cambia la suerte en el campo de batalla. Algunos menceyes se alían con los invasores.
Otros, prefieren el suicidio antes que la capitulación, como Bentor.
Con la victoria sobre Bencomo, mencey de Taoro -lo que hoy se llama Valle de La Orotava- en 1496, finaliza la conquista de Tenerife y de Canarias.





















